Alberto tenía un don extraordinario: podía ver la música. Ante sus ojos, las
melodías asumían la forma de colores danzantes. Acudir a un concierto en el
Círculo de las Artes le bastaba para imaginarse a la deriva, deslizándose sobre
un vibrante arcoíris.
Allí estaba aquella noche de gala cuando un insólito tintineo, como de
campanillas y cintas flotantes, distrajo su atención de la orquesta. Aunque al
principio quiso ignorarlo, el repiqueteo era irresistible y la curiosidad se adueñó
de él.
Poseído por una fascinación sobrenatural, abandonó su butaca en el Salón
Regio para buscar el origen del misterioso sonido.
A medida que se acercaba, el sonido cambiaba de disfraz; ora se vestía de
pincelada, ora se vestía de verso o de mariposa irisada.
Sin saber cómo, había llegado hasta un largo pasillo subterráneo, sumido en
densa penumbra, al final del cual aguardaba una extraña puerta, de cuyo
contorno emanaba un brillo cegador.
Alberto abrió la puerta sin temor y cruzó el umbral.
Así alcanzó una nueva estancia, circular y abovedada, que parecía haberse
construido en época romana. Frescos y mosaicos de los tiempos del Imperio
recubrían las paredes.
En el centro de esta cavidad había un pedestal, y sobre él se alzaba una
estatua de mármol blanco, con ojos de zafiro, laureles sobre el cabello y un gran
compás en la mano derecha.
La escultura habló y dijo:
—Aquel que es sensible a la esencia del arte, es capaz de desentrañar el
corazón de todo misterio.